“La ciudad huele a pollo descongelándose” Por Carlos Manuel Velázquez

Jul 01, 2011 No Comments by

A qué huele una ciudad? ¿Detroit apesta a la industria automotriz? ¿Tocino es el aroma de Sweet Home Chicago? Cuando era niño mi ciudad olía a pollo frito. No a tacos de tripas gorditas burritos lonches lonches lonches. Mi big city hedía a Pollo Santos. La invasión del KFC y el Church’s Chicken todavía no se convertía en el htlm de nuestras emociones. El mejor pollo frito lo preparaban amas de casa desencajadas, abuelas chagalagas y por supuesto Pollo Santos.

Aquel pollo era catedralicio. Empanizado con devoción religiosa. Pollo tan bien hecho ya sólo lo he visto en las películas, en revistas o en comerciales de televisión. Pero no me prendo. Sé que es fake. Utilería. Pinche pollo photoshopeado. Lo peor de todo es que me he convertido en un junky del pollo frito. Durante un tiempo frecuenté un negocio clandestino de pollo frito. Parecía un auténtico picadero. La gran industria del pollo frito es una mafia. No sé cómo se enteraron, pero reventaron aquella ventanita de pollo.

Mis actos favoritos son caminar por calles llenas de fábricas, recorrer la larga avenida a espaldas de la central camionera y visitar la sucursal de Pollo Santos que se encuentra frente a la Alameda. Nunca ordeno. Me estaciono en una mesa a leer un libro o a observar a los despachadores de pollo frito. No fui un preparatoriano común. Mis compañeros eran repartidores de Dominos Pizza o de Pizza Hut. Yo trabajé en Pollos Santos.

Durante mi turno vi cómo le partían el corazón a cientos de hombres. El mejor lugar para que te abandone una mujer es un expendio de pollo frito. Es menos doloroso que en el cine o en un restaurante. Puedes encontrar consuelo en el dorado que se forma alrededor de una pechuga recién frita.

Estrellas de box y luchadores visitaban Pollo Santos. Yo era un apestado. Olía a pollo frito. No importaba cuántas veces me bañara, no podía desprenderme de aquel aroma. Era un fanático de la lucha libre. Y me dejaban entrar a los vestidores por las raciones extras que le servía a uno de los réferis. Conocí a grandes luchadores sin máscara. Me sentía importante. Estaba orgulloso de vivir en esta ciudad.

Después nos invadió el Coronel Sanders y los expendios de pollo frito se multiplicaron. Recuerdo que temblé. Vi cómo Mix up le rompió la madre a todas las pequeñas discotecas. Pensé que sucedería lo mismo con Pollo Santos. Pero la receta secreta y el crujipollo se la han pelado.

Sé que esta ciudad es una ciudad por su basura en las calles, por sus perros callejeros y por los travestis en sus esquinas. Pero también sé que si Pollo Santos sucumbe, la franquicia de KFC no será suficiente para hacerme sentir un ciudadano. Para mi buena suerte, Pollo Santos sigue partiendo el queso. Es insólita la cantidad de pollo frito que se vende. Dudo que alguna ciudad de Estados Unidos pueda competir con el fanatismo que sentimos por el fried chicken. Tanto se consume que la atmósfera ha dejado de apestar a pollo frito. La ciudad huele a pollo descongelándose. Pollo que está destinado a la freidora. Flavor Flav sería feliz en esta ciudad. Aquí lo más importante para todos es el pollo frito.

Siempre que alguien a pie o en coche atraviesa la parte industrial de la ciudad se tapa la nariz porque el olor a pollo descongelándose es insoportable. Hiede a verija de gallina, dicen. Me es tan familiar que cuando viajo extraño ese maldito olor. Acudo con regularidad a Pollo Santos. También a KFC, a pesar de todas las leyendas que aseguran que el pollo está inyectado con vinagre. Y visito Church’s Chicken, nunca sé en qué local me voy a encontrar a el amor de mi vida. Es posible que la mujer de mis sueños esté junto a una cubeta mordiendo una pierna de pollo frito empanizado.

*Carlos Manuel Velázquez, nacido en San Pedro Amaro de la Purificación, Coahuila, 1978. Alumno favorito de James Joyce, es autor de La Biblia Vaquera, el lado b de Dublineses. Es también el responsable del concepto Condición Posnorteña. Siguiendo las directrices críticas de Lyotard, ha concluido que después de la muerte de la posmodernidad sólo es posible la posnorteñidad (adjudíquese este término como global, pues no se trata de un regionalismo, es evidente que el mundo se ha norteamericanizado) en cápsulas, bolsitas o papeles. Teórico del lonche de tapir en pan francés transgénico, sufre del síndrome del rellenito multiforme: poeta de la clamidia un día, poeta de la cistitis otro. Pertenece a la Generación del Fifí, conformada por mamíferos coahuilenses cuya taxonomía responde a las altas temperaturas que se padecen en el norte de México.

La revista, Superdemokraticos

About the author

The author didnt add any Information to his profile yet
Comments are closed.