Esmeraldo, Alexis, Niño Ernesto y Aniceto. Juventud, divino tesoro

Oct 01, 2012 Comments Off on Esmeraldo, Alexis, Niño Ernesto y Aniceto. Juventud, divino tesoro by

Por Fray Draco

El roto Esmeraldo Llanahue creció huraño y escurridizo como animal salvaje. El arrabal bravío, pródigo de vicio y ruindad, en el que se inició en las fechorías junto a otros bribones, allá en el Santiago de inicios del siglo XX, y la casa de putas de la calle Borja, antro hediondo y piojoso, que le sirvió de cobijo junto a su familia, le convencieron desde pequeño que la vida del miserable no es más que un obstinado forcejeo y que los sueños son aquellas fantasías que sólo se viven dormido. La Clorinda, su madre, no fue puta porque resistió siempre a los envites de los clientes que le deseaban devorar de los pies a la cabeza por unos pocos pesos, gracias, en parte, a una profunda convicción moral que le empujaba a rechazar lo que allí era el pan de cada noche, creyendo que así se dignificaba frente a sus hijos. Lo suyo era el piano, el que aporreaba con pasión sonando las cuecas más encachás para la variopinta clientela del local, compuesta entre otros, por: obreros, marineros, busca vidas, asesinos, ladrones y uno que otro jutre despistado que se dejaba caer en ese ambiente tórrido más por el estoicismo que genera el abuso del alcohol que por el puro placer de dejarse querer un rato por las chiquillas, siempre revoltosas y complacientes, cuando había dinero de por medio.

El Esmeraldo no es un hijo de puta, pero si es un roto, apelativo discriminatorio que define a una persona de clase social baja y modales rústicos que pulula en las barriadas miserables de la ciudad. Masa despreciada y odiada gran parte del año, apenas se le tolera bien cuando se celebra la fiesta patria. También le da el nombre al libro de Edwards Bello, “el roto” al que hago referencia.  Roto es el Esmeraldo, dice Edwards Bello, porque desde niño “ya reinaba en la calle, pillo apto para el desarrollo de los vicios cuyas semillas esparcían los cuatro vientos en esas barriadas. Tenía ese color aceitunoso y esa figura rotunda y agresiva de los efebos indígenas. No le habían enseñado a respetar; no sabía amar ni cuidar. Las malezas de los instintos primitivos crecían en él sin freno. Si ante su vista pasaba un automóvil, una bicicleta o una persona elegantemente ataviada, sentía una fuerza misteriosa, invencible, que le impelía a atacar; su abrupta naturaleza de inadaptado viraba rebelándose contra esas manifestaciones de la vida inaccesible, risueña, que eran como un reto a la inmundicia de su hogar, un desafío a su barrio pestilente”.

 

 

 

 

 

 

 

No tan diferente de la infancia del niño Alexis, podría apostarlo. El protagonista de “La virgen de los Sicarios” de Vallejo, quien nació, o bien, fue mal parido en otro arrabal turbio y desencantado, pero esta vez de Colombia, ochenta años después del otro desgraciado. Ese niño Alexis, bello y violento como una tempestad: – “Tenía los ojos verdes, hondos, puros, de un verde que valía por todos los de la sabana, pero si Alexis tenía pureza en los ojos tenía dañado el corazón” lo describe melancólico Fernando, su amante escritor, que bien podría haberle hecho de abuelo en vez de amante. Pero el niño Alexis no es un roto violento y vengativo en ciernes, que sólo incuba la rabia en su corazón como el niño Esmeraldo, sino que es un sicario de Medallo, hecho y derecho, o mejor dicho, contrahecho, que se desfoga disparando a cualquier hijoputa o gonorrea que se le atraviese. Si usted no tiene claro lo que es un sicario, Fernando mismo se lo explica: “Ustedes no necesitan, por supuesto, que les ex­plique qué es un sicario. Mi abuelo sí, necesitaría, pero mi abuelo murió hace años y años. Se murió mi pobre abuelo sin conocer el tren elevado ni los sicarios, fu­mando cigarrillos Victoria que usted, apuesto, no ha oí­do siquiera mencionar. Los Victoria eran el basuco de los viejos, y el basuco es cocaína impura fumada, que hoy fuman los jóvenes para ver más torcida la torcida realidad, ¿o no? Corríjame si yerro. Abuelo, por si aca­so me puedes oír del otro lado de la eternidad, te voy a decir qué es un sicario: un muchachito, a veces un ni­ño, que mata por encargo. ¿Y los hombres? Los hom­bres por lo general no, aquí los sicarios son niños o muchachitos, de doce, quince, diecisiete años, como Alexis, mi amor”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Otra historia es la de Aniceto Hevia, el hijo de ladrón protagonista de la novela de Manuel Rojas. Menos violento que Alexis el sicario y menos odioso que el niño Esmeraldo seguramente, pero segregado desde la cuna, como los otros dos, por ser hijo de un padre “cuyo oficio no se puede decir en voz alta”. Aniceto amaba su hogar en Buenos Aires y agradecía a su madre y a su padre el haberle prodigado felicidad entre tanta ruina circundante, porque él sabe que “hay otros que no han tenido lo que se llama hogar, una casa aparte o unas piezas en ellas y no un cuarto de conventillo en que se hacinan el padre con la madre, los hijos y el yerno, algún tío o un allegado, sin luz, sin aire, sin limpieza, sin orden, sin instrucción, sin principios de ninguna especie, morales o de cualquiera otra índole: el padre llega casi todos los días borracho, grita, escandaliza, pega a la mujer, a los niños, a veces al tío, al yerno o al allegado; no siempre hay que comer, mejor dicho, nunca se sabe cuándo habrá de comer y qué; el padre no trabaja o no quiere trabajar; el tío es inválido y el allegado come donde puede y si puede; el yerno bebe también o no trabaja o no quiere trabajar (…) Los niños comen lo que les dan cuando les pueden dar algo o lo que piden o les dan los vecinos, que no siempre pueden dar y a veces, queriendo, tampoco pueden; a veces roban -el hambre les obliga- y miran y sienten sobre sí y alrededor de sí y durante años, durante infinitos años, aquella vida sórdida. No pueden pensar en otra cosa que en subsistir y el que no piensa más que en subsistir termina por encanallarse; lo primero es comer y para comer se recurre a todo (…) No podía reprocharles nada, pues no tenían la culpa de ser lo que eran o cómo eran”.

No sólo el chiquillo Esmeraldo ni el niño Alexis, tampoco el educadito Aniceto son los únicos que se hallan atrapados en los laberintos de miseria, cargando con las pesadas mochilas de un destino infausto e inexorable. Millones van arrastrándose como fantasmas, deambulando invisibles por nuestras ciudades opulentas de fría alma, hoy tan modernas y cosmopolitas como se jactan algunos, para cobrar presencia real sólo cuando los habitantes “de bien” buscan la catarsis y la purga en sus espaldas ya endurecidas de recibir tormento y también al momento de esquilmar con desparpajo un poco más los famélicos bolsillos de estos sempiternos desgraciados. Miles como esos niños desafortunados, pero también el niño Ernesto, allá en su altiplano ventoso y rudo como fiera, reclamando a sus principales una repartición justa del agua que se han apropiado negándoles a los indios la parte que la Pachamama les dona. “¡Principales para robar noniás son, para reunir plata, haciendo llorar a gente grande como a criaturitas! ¡Vamos a matar a los principales, como a puma ladrón!” decía el Pantacha, cornetero del pueblo de San Juan, azuzando a los indios para que se rebelasen contra el principal del pueblo, el tirano don Félix, quien acabará asesinándolo por revoltoso, en el cuento Agua, de José María Arguedas.

Tayta, que se mueran los principales de todas partes” rogaba el niño Ernesto imprecando contra el mundo injusto que soporta el indio. En Warma Kuray, el niño Ernesto, en cambio, pasa a la acción aguijoneando al Kutucha para que vengase el ultraje de la Justina, matando al principal Don Froilán, culpable de la ignominia contra la indiecita. Pero el Kutucha no podía: -“¡Endio no puede, niño! ¡Endio no puede!”.

Pero si podía el niño Alexis, quien se cargaba a cuantos podía allá en el Medallo, Metrallo, o Medellín (como quiera usted) de los años noventa, con su revolver demasiado pequeño para tanto rock and roll, pero con la bala pronta a zanjar cualquier destino. Justiciero de las causas que en su mente de chavalito dirimía, justas o injustas, vive o muere, no hay medias tintas: “Sacó el Ángel Exterminador su espada de fue­go, su “tote”, su “fierro”, su juguete, y de un relámpago para cada uno en la frente los fulminó. ¿A los tres? No bobito, a los cuatro. Al gamincito también, claro que sí, por supuesto, no faltaba más hombre. A esta gonorreíta tierna también le puso en el susodicho sitio su cruz de ceniza y lo curó, para siempre, del mal de la existencia que aquí a tantos aqueja.  Sin alias, sin ape­llido, con su solo nombre, Alexis era el Ángel Extermi­nador que había descendido sobre Medellín a acabar con su raza perversa”.

¿Qué es lo que nos pasa? ¿Qué le sucede a nuestra América, nuestra patria grande, y a sus niños? -“Es una mujer caprichosa. Se entrega a los valientes y a los astutos. El mundo era el campo de pelea para el más gallo. Al cobarde lo mean” responde enfático Edwards Bello. Mientras Alfonso el filósofo, compañero de correrías de Aniceto Hevia en Valparaíso, reflexiona sobre este problema, tomando como referente la desgraciada vida de Christian, el huraño tercer integrante de aquel grupo de aciagos personajes: “Muchas veces he sospechado que en muchos individuos de esta tierra, sobre todo en los de las capas más bajas, sobrevive en forma violenta el carácter del antepasado indígena, no del indígena libre, sino del que perdió su libertad; es decir, conservan la actitud de aquél: silenciosos, huraños, reacios al trabajo, reacios a la sumisión: no quieren entregarse ¿para qué? Para ser esclavos. ¿Vale la pena? Hay gente que los odia, sí, hay gente que los odia, pero los odia por eso, porque no se entregan, porque no les sirven. Debo decirte que yo los admiro, y los admiro porque no los necesito: no necesito que trabajen para mí, que me sirvan, que me obedezcan. Otra gente se queja de ellos, aunque no los odie. Olvidan que el hombre que domina a otro de alguna manera, porque es más inteligente, porque es más rico, porque tiene poder o porque es más fuerte, no debe esperar que jamás el hombre que se siente dominado alcance alguna vez cualquiera de sus niveles. Los alcanzará o intentará alcanzarlos, sólo cuando no se sienta dominado o cuando vea y comprenda que el que domina aún a pesar suyo -porque es más inteligente, por ejemplo- quiere levantarlo para hacerlo un hombre perfecto y no un sirviente perfecto. Habría que acercarse a ellos como un padre o un hermano se acercan al hijo o al hermano (…) Cuando un carácter, así, rebelde, se da en un individuo de otra condición social, es un hombre al cual no se podría, de ningún modo, obligar a servir a nadie, la gente lo admira: cuando se da en pobres diablos, se les odia. No se puede tener ese carácter y ser un pobre diablo: el pobre diablo debe ser manso, sumiso, obediente, trabajador; en una palabra, debe ser un pobre diablo total”.

Fernando, protagonista de la “Virgen” es un poco más descarnado, en cambio, en sus juicios sobre nuestra raza, y definitivamente drástico en las soluciones: “Mis conciudadanos padecen de una vileza congénita, crónica. Esta es una raza ventajosa, envidiosa, rencorosa, embustera, traicionera, ladrona: la peste humana en su más extrema ruindad. ¿La solución para acabar con la juventud delincuente? Exterminar a la niñez“. Y en otro fragmento insiste: “¿Tiene este problemita solución? Mi respuesta es un sí rotundo como una bala: el paredón”.

Pero no seamos tan pesimistas (aunque razones hay para serlo), ni tan violentos (aunque razones hay para serlo) y vamos a ser menos definitivos en el juicio (como solemos ser). “¿Qué haré? Parecía preguntarse un desconocido que miraba desde la calle hacia la playa, las manos en los agujereados bolsillos, el pelo largo, la barba crecida, los zapatos rotos.

¡Vivir hermano! Que otra cosa vas a hacer“. Pensó Aniceto recriminando al desconocido por creer que era acaso el primero que se lo preguntaba.

 

Referencias:

– El roto, Joaquín Edwards Bello, 1920.

La virgen de los sicarios, Fernando Vallejo, 1994.

– Hijo de ladrón, Manuel Rojas, 1951.

Agua y otros cuentos, José María Arguedas, 1935.  

La latina comedia, La revista

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