Libros felices y libros tristes

Oct 01, 2012 Comments Off on Libros felices y libros tristes by

Por Juan Pablo Villalobos

Hace apenas 15 años creíamos que éramos felices y que teníamos pocos problemas en el mundo real. O al menos eso podría concluirse de la lectura de la literatura que se estaba haciendo en México en aquella época. Quizá el libro que más apreciamos del último lustro del siglo XX es El arte de la fuga de Sergio Pitol, publicado en 1996, un texto híbrido en el que se mezcla la autobiografía con el ensayo y la ficción, un ejemplo perfecto de un tipo de literatura que podríamos llamar de “torre de cristal”, una literatura que nace de la idea de l’art pour l’art. Un libro feliz e inmaculado al que la realidad social o política le es prácticamente ajena: “Un libro que recuerda a quien lo lee que el mundo está lleno de lugares hermosos, de libros que merece la pena leer, de personajes interesantes, de rincones por descubrir, que hace caer en la cuenta que, como escribe el propio Pitol, la vida es portentosa”, decía la reseña publicada en una revista literaria de la Universidad Complutense de Madrid.

Tan sólo 10 años después, los libros que llamaban la atención de los lectores no se parecían en nada a las ensoñaciones de Pitol. En 2004 se había publicado Trabajos del reino de Yuri Herrera y en 2006 Cocaína. Manual de Usuario de Julián Herbert, por citar dos casos emblemáticos, dos libros tristes que hablan de un México sórdido en el que Pitol sería un extraterrestre. Evidentemente ha persistido una línea narrativa que no tiene nada que ver con la violencia del narcotráfico, como en los excelentes libros de Mario Bellatin, Guadalupe Nettel, Daniela Tarazona, Emiliano Monge o Valeria Luiselli, pero es un hecho que la literatura mexicana ha pasado a ser estereotipada a partir del rotulo de la narcoliteratura.

Los que hemos decidido escribir sobre la violencia del narcotráfico quedamos con frecuencia bajo el fuego cruzado de dos tipos de acusaciones: las críticas de quienes interpretan que existe un oportunismo literario y editorial y los recelos de quienes encuentran dilemas éticos o morales. Hay, en el otro extremo, quien defiende que escribir sobre lo que está pasando en México es una obligación, que la literatura no debe dar la espalda a nuestra dolorosa realidad.

En el fondo cada quien escribe de lo que quiere y de lo que puede, independientemente de su concepción sobre el lugar de la literatura en la sociedad, que es un análisis que le corresponde a los sociólogos de la literatura y no a los escritores. Con seguridad es ingenuo pensar que la literatura va a cambiar las cosas, que un libro puede despertar las consciencias dormidas de una sociedad; sin embargo, creer que de nada sirve reflexionar y escribir sobre nuestros problemas es, cuando menos, cínico.

México necesita libros felices y libros tristes. No podemos darnos el lujo de ignorarlos. Tenerlos no nos garantiza la salvación, pero carecer de ellos, sin lugar a dudas, nos condenaría.

Especial reflexiones violencia, La revista

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