Confesiones de una extranjera, sobre el Chavismo y su oposición

Apr 11, 2013 Comments Off on Confesiones de una extranjera, sobre el Chavismo y su oposición by

Por Rebecca Jarman

Cuando llegué a Venezuela en el año 2006, llegué con ganas de ponerme la franela roja en apoyo a Hugo Chávez y su proyecto sociopolítico conocido desde entonces como  “Revolución Bolivariana”. Como estudiante de letras latinoamericanas estaba consciente de los crímenes cometidos contra  la ciudadanía bajo los mandatos de gobiernos de la derecha en Latinoamérica durante el siglo XX, y aplaudía la ola roja del socialismo que pasaba otra vez por esas tierras. Soy una estudiante eterna, lucho firmemente por el acceso abierto a la educación y por los derechos universales de la llamada democracia. Si es que aún existe, me veo como seguidora de la izquierda en mi país.

Llegué a Venezuela principalmente con el motivo de vivir la revolución en lo que podría ser el momento de gran auge climático tanto de la historia de dicho país como de mi juventud. Con mis diecinueve años – optimistas e idealistas-  quería presenciar de cerca el socialismo, puesto en marcha en vivo y en directo con una política que funcionase y con un pueblo  que por fin fuese protagonista de su destino donde la pobreza cultural y económica se acabaría como una consecuencia. Como Wendy Darling [personaje de Peter Pan], quizás, quería creer.

Lo que he visto en el Neverland de Chávez realmente ha sido una mezcla de lo bueno, lo malo y lo feo. He conocido a gente inteligente y luchadora, gente comprometida con el socialismo del siglo XXI quienes han dedicado sus vidas poniendo en práctica su el proyecto de Chávez. Fui testigo del trabajo de los consejos comunales desarrollados con ayuda del gobierno para mejorar la vida comunitaria, sobre todo en las zonas rurales del interior del país. Participé en foros sociales. Comí productos casi regalados del Mercal. Asistí a talleres académicos gratuitos y acompañe a  enfermos a las clínicas de la reconocida Misión Barrio Adentro. También, observé el crecimiento de movimientos culturales nutridos por la juventud y por la creatividad. Sentí la fuerza del pueblo, y su amor hacia su comandante. Conversé con mujeres, viejos, indígenas y campesinos que se sienten ahora más empoderados que nunca gracias a la polémica política de Chávez. Al mismo tiempo di clases, en Misión Sucre, a adultos mayores que antes de la iniciativa de educación superior debido a su aislamiento geográfico no habían tenido acceso a la educación. Utilicé los medios de transportes subvencionados por el estado y compré gasolina más barata que agua. Compré libros buenos y baratos en Librería del Sur. Asistí a un concierto de la Orquesta Sinfónica dirigida por Gustavo Dudamel sin ningún gasto personal. Éstas eran mis razones en contra de los opositores, mis justificaciones en favor del Chavismo, lo tangible de este país de maravillas. Esto es lo que callaría la oposición internacional: las misiones, el despertamiento político, el aparente respeto al pueblo, todo esto como parte del polvo mágico que brotaba de las manos de Chávez a lo ancho y largo de Venezuela.

Sin embargo, siete años después se acabó el cuento. Junto a todo lo bueno vi mucho de lo malo y de lo feo. He visto como el nivel de inflación más fuerte de las Américas ha hecho  la compra de la cesta básica en una tarea casi imposible para las madres de familia. He sentido la escasez y escuchado esa frase perenne “no hay” como apología cotidiana en los supermercados, en las farmacias y en las bodegas. He visto a mis compañeros profesores de un liceo estatal trabajar dieciocho meses – dieciocho meses – sin recibir ni un centavo de pago. He visto morir a un hombre debido  a un pronóstico equivocado en una clínica rural. He visto como la basura se amonta en las esquinas de todas las ciudades, he vivido tres días sin luz y varias semanas bajo un régimen de racionamiento de agua. He escuchado el llanto desesperado de una madre cuyo hijo ha sido asesinado, su homicida suelto en el barrio y las autoridades informadas pero incapaces de hacer nada. Me he visto obligada a aprobar a estudiantes aunque no tuvieran las notas requeridas, porque “así se hace”. He pisado las aguas negras que fluyen abiertamente por los cerros de Caracas. He visto la venta del dólar en negro subir de Bs17 a Bs28 en menos de dos meses. He visto como el país se ha dividido en dos entre los ataques verbales e incluso físicos por parte del chavista al escuálido, y viceversa.  Por redes sociales y en la prensa nacional he leído amenazas de violencia y promesas de guerra, inclusive por parte del ministro de defensa Diego Molero Bellavia. He visto la manipulación de la adoración popular y la fe en el culto de la personalidad mientras el destino del país se va derrocando. He visto a gente humilde abandonar el Chavismo sin tener donde llegar. He visto la disolución de los sueños de un país en espera de un milagro. He visto lo bueno, pero lo malo y lo feo dominan.

Y ahora, por un lado, veo un abuso flagrante de la Constitución. A Nicolás Maduro le ha tocado jugar el rol (inventado) de “Presidente Encargado de la República”, el cual le permite postularse como candidato presidencial en las elecciones de abril. Por ley, un vice-presidente no se puede presentar como candidato. Por ley, el presidente actual debe ser Diosdado Cabello, presidente de la Asamblea Nacional. Por ley, Chávez debería haber sido posesionado de la presidencia de la república el 10 de enero. Por ley, las elecciones debieron haber sido realizadas 30 días después del fallecimiento del presidente (el 5 de marzo), es decir, antes del 14 de abril. Pero, bueno, al parecer no importa. Maduro es el candidato. Maduro, sin duda, ganará. Escucho las agresiones de Maduro con todos sus colores – homofóbicos, clasistas, antisemíticas – y pienso como sería de presidente. Me preocupo.

Por otro lado, veo que Henrique Capriles se presenta como candidato de la coalición de la oposición. Escucho los gritos virtuales y actuales de sus seguidores, los cohetes, los silbidos y los aplausos a la conclusión de las declaraciones de su candidato en las calles, veo sus reacciones fanáticas en las marchas, escucho los infinitos ecos de sus palabras. Me preocupa que la relación de Capriles con la oposición imite la de Chávez con su pueblo. Capriles se declara un ser mortal, pero algunos le tratan como si fuese un hijo de Dios, la salvación del país. “Si el problema es Nicolás, Capriles es la solución, es paz, es unidad. Es la maravilla que vimos en Chávez, es la historia que se repite”.  Sigo su discurso y a estas alturas ya estoy convencida  de sus buenas intenciones, mas no de sus respuestas. Pienso  que volvemos al  cuento de hadas. Me pregunto si la política venezolana podrá ir más allá de la adoración a un personaje. Me pregunto si estoy equivocada. Pienso en un final feliz…me preocupo.

 

 

 

 

 

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About the author

Adriana es Directora de Ventana Latina desde 2010.
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