Un fuego, todos los fuegos y un fuego nuevo

Oct 01, 2014 Comments Off on Un fuego, todos los fuegos y un fuego nuevo by

Por Fray Draco

Baile de máscaras en boda Tikuna (tukuna).

Baile de máscaras en boda Tikuna (tukuna). Naturalist on the River Amazons figure 38
Josiah Wood Whymper – Scanned from The Naturalist on the River Amazons by Henry Walter Bates, University of California Press version, published 1962.

La noche espesa no da espacio aún a la claridad y ya una anciana termina de amasar su pan cuando dócil la masa le acaricia y se enrosca en sus manos como un gato caprichoso. Deja el cuenco sobre el suelo terroso y se alza para posteriormente caminar fuera de su chamizo con la intención de coger un par de leños que pronto arderán en su fuego perpetuo. No quedan muchos más de ellos para continuar a saciar esa voracidad en los días de frío.

Los leños son introducidos uno a uno en la pira por la anciana, estos crepitan quejándose chillonamente del calor que abrasa su corteza. El fruto de su inmolación inunda el interior de la choza de luz, tibieza y un perfume vegetal que rememora edenes de un tiempo aún ingenuo. La vieja se regocija del poder transformante que tiene la madera seca sobre su fuego mientras poco a poco va consumiéndose hasta hacer brasa, los carbones le guiñan sus ojos luminosos como el diablo en la noche del campo. Esos leños purgan ignotos pecados naturales del mismo modo que el alma de un santo mártir se purifica al contacto con el fuego en medio de su camino hacia la divinidad.

El transcurrir de los instantes provoca que el esplendor de la luz ígnea disminuya, sin embargo, esa misma energía se vuelve constante y persistente.

Despertando del letargo, del cual el calor hogareño la subsume, la anciana coge nuevamente el cuenco y palmea la masa con cariño rogándole que le prodigue buen pan. Rauda la deposita en las mismas fauces de aquel infierno doméstico. Ahora cabe solo esperar mientras el fuego desencadena su alquimia.

La mujer ofaié recuerda entonces que en un tiempo en donde no alcanza habitar una clara memoria la madre del jaguar era quien originaria y exclusivamente poseía el fuego, el que nunca quiso compartir con los hombres. Un día le fue robado un tizón ardiente desde su hoguera por el astuto prea, animal pequeño y sagaz amigo de los humanos. Constreñido a retornar el tizón robado por el macho jaguar el prea tuvo que compartir sus secretos de cocina para no ser devorado como castigo por tamaña osadía. Sin embargo, le fue arrancada la nariz como advertencia. El hombre aprendió del prea a hacer fuego y cocinar sus alimentos, lo que fue sin lugar a dudas un cambio fundamental para los ofaié. Ya no tuvieron jamás que volver a rasgar con los dientes la carne sanguinolenta de sus presas, desde entonces comenzaron a saborear tibios bocados cocinados al calor de una pira.

Representación de los mexicas realizando la ceremonia del fuego nuevo.

Representación de los mexicas realizando la ceremonia del fuego nuevo. Codex Borbonicus (p. 34)
Desconocido – Codex Borbonicus from the Loubat collection.

El fuego fue siempre un bien preciado, pensó la anciana, recordando también la historia oída a sus vecinos, los tikuna, quienes creían, a diferencia de los ofaié, que el fuego fue donado por el pájaro chotacabras a una vieja cocinera, que al igual que la madre del jaguar, nunca quiso compartir el secreto con el resto de la tribu. Dicen que de celosa que era, escondía el ígneo elemento en la ranura de su vagina para no ser robado. Un día el pájaro chotacabras, imprudentemente, se dejó escapar una risotada al oír cómo la vieja, una vez más, engañaba a los hombres que preguntaban por el secreto de su maravillosa cocina. Lo que no pensó el chota es que dejaría translucir, junto a esa risa burlona, también algunas llamas desde su pico en donde guardaba el fuego eterno. Los hombres no le perdonaron su egoísmo y con violencia robaron el fuego rasgándole el pico en donde lo atesoraba, por eso ahora el pájaro chotacabras tiene un morro atípico. Así cuentan los tikuna la historia de cómo obtuvieron el fuego que pronto les permitió cocer sus alimentos para no tener ya que dejarlo secar sobre las piedras calientes antes de consumirlos.

Un leño explotó sonoramente dentro de la hoguera donde el pan se cocinaba despertando con el estruendo a la anciana de sus ensoñaciones. Sin tardanza, metió una vara al vientre del fuego para acomodar sus fogosidades y, de paso, girar al pan que comenzaba a cristalizar sobre su superficie una coqueta costra. Cuánto le debemos al fuego, y sin embargo, no lo apreciamos adecuadamente agradeciendo su favor cada día, pensó la anciana, mientras sentía que su propia tripa le empujaba a pellizcar un poco del sabroso pan.

Un pueblo más hacia el septentrión de donde la anciana habitaba, los famosos mexicas, ejecutaron importantes rituales en torno al poder regenerador del fuego, elemento mágico que poseía la capacidad única de renovar todo el universo.

Cada 52 años, exactamente sin-cuenta y dos años, todos los fuegos encendidos en cada casa, templo, milpa o palacio a lo largo del imperio mexica debía ser extinguido sin excusa. Aunque con anterioridad a este evento las personas procedían a quemar todos sus enseres, utensilios, herramientas y artefactos despojándose así de ellos, ofreciéndolos ritualmente al poder destructor de las mismas llamas que luego extinguirían. Eran conscientes que para que un universo se renueve se necesita imperiosamente hacer “tierra quemada”, para luego rehabitarla con elementos tan nuevos como el mismo tiempo renacido.

Los líderes políticos y religiosos, aún respetados en aquellos tiempos, se ataviaban como dioses en los días en que se celebraba la ceremonia de renovación, puesto que actuaban como vicarios de su poder en la tierra y también como garantes del nuevo pacto que construirían con los hombres para dar paso a un universo que duraría nuevamente otros 52 años.

La gente mexica acudía en masa a observar la procesión que aseguraría la regeneración de su universo. En dicha comitiva también participaba un hombre que ofrecía su vida en sacrificio para honrar el pacto sagrado que se realizaría justamente en la cima del monte Huixachtécatl, el eje mismo del mundo.

En la cumbre del citado monte los sacerdotes, en total oscuridad, iniciaban un fuego nuevo frotando dos leños sobre el pecho de la víctima sacrificial. Apenas despuntaba una lumbre desde los troncos los oficiantes procedían a arrancar el corazón del inmolado para alimentar con su sangre tibia las llamas de aquel preciado fuego. Aquella brasa insignificante junto a la sangre humana liberaban la energía necesaria para poner nuevamente en marcha el universo renovado. De aquel fuego nuevo, símbolo del pacto primigenio y a su vez restaurado entre los hombres y la totalidad de la existencia, se alimentaban teas que posteriormente se repartían por cada rincón del imperio ofreciendo luz y calor para iluminar las vidas y cocinar los alimentos del pueblo mexica. Así, el mundo tenía otros 52 años más para transcurrir y transcurrirse gracias a un fuego que había forjado en su averno otro universo.

Claro, eso la anciana no lo sabía ni tendría que poder saberlo, tal como no podría tener noticia alguna del sacrificio del titán Prometeo, quién al robar el fuego del carro de Helios para ofrecerlo como obsequio a los hombres, fue castigado por siempre jamás siendo encadenado a una montaña en donde un ave rapaz le arrancaría el hígado cada tres días, eternamente. Los viejos griegos agradecían aquel gesto desinteresado del titán que revolucionó por siempre sus existencias.

La anciana despabiló y separó con sus propias manos, intentando no quemarse, las brasas que aún se acumulaban sobre el pan. A toquecitos sacó la masa ya cocida desde la pira crepitante y mantuvo el pan cálido sobre sus faldas como si fuera un bebé pequeño. Robó por unos instantes un poco del calor que este transmitía e intentó esperar a que la masa se asentara, mas cedió a la tentación y no pudo evitar arrancar un pedacito de aquella hogaza recién cocinada. Lo saboreó como si fuese el mejor manjar jamás creado en toda la tierra, y así era,  sin lugar a dudas, pues para ella no había oro que valiera lo que valía aquel alimento maravilloso en ese momento.

Fijó su mirada en el vientre de la pira, en donde las danzarinas llamas aún se empujaban entre ellas desprendiendo aroma, luz y calor desde sí, y pensó, que gran amigo es el fuego, su magia nos ha hecho ser un poco más humanos. El sol despuntó paulatinamente desde el horizonte borrándole la negrura al día y abrazando la luz del fuego como si de una hermana profana se tratara.

 

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About the author

Adriana es Directora de Ventana Latina desde 2010.
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