Hibridaciones en el arte contemporáneo mexicano

Apr 01, 2015 Comments Off on Hibridaciones en el arte contemporáneo mexicano by

Por Manuel Velázquez

Roberto Rodriguez

Obra de Roberto Rodríguez

Las nociones de memoria e identidad en el arte mexicano contemporáneo han generado un conflicto entre “lo propio y lo ajeno”. Anteriormente, la identidad estaba concebida como sustancia fija, anclada en la memoria, era como una marca indeleble de “lo propio”, derivado de un territorio geográfico común y de ciertos rasgos compartidos (pasado indígena, conflicto colonial y mestizaje). A finales del siglo XX, se impugnó la idea de una síntesis de acontecimientos encontrados que se estabilizan en una identidad común, síntesis concreta de situaciones más o menos estables. La identidad adquirió así un carácter móvil, multicultural, multiétnico e híbrido. Esto lleva a los artistas a mirar y a reflexionar sobre las referencias cruzadas; a crear obra heterogénea de medios mezclados, de carácter múltiple, que rompe con los géneros tradicionales. El artista hoy puede incorporar medios y lenguajes globales con contenidos locales conectados con la memoria cultural y con deseos propios; puede utilizar signos globales para nombrar significados locales.

La hibridación en el arte permite a los artistas hablar del pasado como un acontecimiento íntimo, pero también de desplazamientos: de indagación en lo público y lo privado, de recuperación de lo propio, de pérdida de valores, de desarraigo y de nostalgia por la naturaleza. Así, para los artistas mexicanos: Abel Zavala, Rabí Montoya y Roberto Rodríguez ya no se trata de “explorar el pasado”, como en la modernidad, sino de problematizarlo, volviendo a pensar ciertos supuestos, reformulando códigos, usando la heterogeneidad como una estrategia recurrente. Sus propuestas con características propias, empujan contenidos identitarios diversos; eligen una o más posiciones según sus intereses estéticos; sus obras adquieren un carácter relativo, dinámico y fluido con interpretaciones a distintos niveles y con variables móviles.

La hibridación para estos artistas está siendo dispuesta como paradigma dinámico de identidad cultural. La experiencia contemporánea les lleva a enfatizar, en los procesos de construcción de narrativas visuales, la apropiación y la integración como vínculo activo y generador de identidades diversas. Tal es el caso de Roberto Rodríguez cuya obra se caracteriza por reinventar el paisaje y la memoria desde la escultura y el collage. En virtud de todo ello, las obras de Rodríguez rompen los límites expresivos de la escultura tradicional, no pertenecen a “la pintura” ni a “la escultura”, pero se nutren de ambas, además de su memoria, y se funden en un proceso plástico de organización escénica del espacio. El resultado es un registro “envolvente” donde el espacio arquitectónico de la galería es parte de la obra.

La obra y la personalidad de Rodríguez participan de la dinámica que implica una práctica del arte cualitativamente diversa. Desde la escultura hasta la pintura o el collage, pasando por la cerámica y el textil, ha producido una serie de meditaciones en relación al paisaje y la memoria. El recuerdo de las cosas pasadas como vínculo con el “lugar” es una fuerza motriz en su arte. El proceso de (re)coleccionar fragmentos de la experiencia vivida, como materia para ser transfigurada estéticamente, proporciona tanto el antídoto para la amnesia como el fundamento para (re)construir una identidad cultural heterogénea.

Cuando se examinan sus relieves y collages se descubre que Rodríguez ha observado con atención sus recuerdos de la infancia, su entorno geográfico y cultural, y de ellos ha sacado sus trabajos. En los últimos años, el barro es una presencia constante en su obra. Muchas de sus cerámicas parecen pinturas texturizadas y sus collages semejan petroglifos que se confunden con empastes terrosos. A partir de sus calidades visuales no hay mayor distinción entre la cerámica y el collage. Esta íntima unión entre materia y representación, entre formas y fondo es equivalente a su objetivo esencial de mezclar lo visual con lo táctil, de ligar su producción artística contemporánea con lo ancestral. No se puede dejar de destacar que las obras de Rodríguez son primordialmente plásticas, en ellas son admirables sus texturas y patrones, al tiempo que sobresale su profundo apego al paisaje y la memoria.

Obra de Rabí Montoya

Obra de Rabí Montoya

Por su parte, Rabí Montoya asume el peso de los fenómenos contemporáneos y crea a partir de catorce figuras en porcelana con lustres de oro, una raza de personajes híbridos que presentan aleaciones de diferentes manifestaciones culturales, desde las más ancestrales y misteriosas hasta las más actuales y mediáticas. La era postindustrial, los medios masivos de comunicación, los elementos de la cultura del espectáculo; son referentes significativos para su serie en cerámica Nuevos dioses. A este artista le interesan los procesos sincréticos y de transculturación, como lo vulgar y lo sofisticado, lo “kitsch” y lo “auténtico”, lo local y lo global, lo popular y lo elitista, lo banal y lo trascendental.

Rabí hace gala de una manifiesta heterogeneidad, partiendo del hecho de que la “cultura” no tiene una identidad única, al ser resultado de la influencias de diversos aportes y procedencias. Los elementos de que se vale; la actitud irónica y descomplicada, no dejan de darle un aire festivo e irreverente a algunas de sus obras. Junto a la incidencia del arte local, resulta evidente la utilización de recursos procedentes del arte contemporáneo internacional. Esa revalorización de lo trivial que fue tan evidente en el arte internacional desde la segunda mitad del siglo pasado, en Rabí abrió la puerta a la utilización de imágenes promovidas por el consumo, los objetos impulsados por el capitalismo tardío son para él una forma de la apropiación vulgarizada de los antiguos dioses.

Rabí mezcla la figuración religiosa del “Niño Dios” con objetos y costumbres contemporáneas para crear obras de expresión irónica, a partir de una poética no exenta de metáforas. Sus esculturas vinculan lo popular con elementos de una identidad ambigua, valiéndose de los símbolos más diversos para rescatar una peculiar visión de la memoria colectiva. La obra de Rabí nace del cruce que se produce entre lo local y lo global; usa formas e íconos de la cultura de masas con formas propias de carácter ritual (imágenes globalizadas que se mezclan con elementos culturales locales). Todo esto tiene para él, un desafío a partir de un contexto que lee en términos de relaciones: la yuxtaposición de objetos contemporáneos con imágenes religiosas. Estos encuentros tienen implicaciones: el “Niño Dios” lleva sobre su cabeza orejas brillantes de Mickey Mouse en lugar de una aureola y “Xipetotec” es convertido en dios de la perfección.

Por otro lado, Abel Zavala ilustra de un modo elocuente las yuxtaposiciones espacio temporales que identifican las producciones artísticas locales. Su obra Guardapelo pone de relieve el dominio de lo que se considera escultura “instalativa”, una suerte de relación de las piezas con el espacio “escénico”, una visión de la obra como terreno de encuentro de múltiples superposiciones; un concepto integral donde intervienen varios sentidos.

Abel Zavala

Obra de Abel Zavala

Zavala desde su poética escultórica ha conseguido darle continuidad a la estética minimalista pero alejándose de la dureza, la frialdad del acero inoxidable y de las luces de neón que inundaron buena parte de la escultura norteamericana y europea de los años sesenta y setenta. En su obra cobra vida, sentido y personalidad lo matérico del pelo de distintos animales, cuyos efectos texturales y visuales evocan la potencia expresiva de lo orgánico asumida desde la perspectiva de la forma y el espacio.

Zavala trabaja en una serie de piezas tridimensionales realizadas en tela y bordadas con pelo, principalmente de perro. Son objetos que no pretenden contar historias ni hablar de algo específico, lo importante es que la obra adquiera relevancia por sí misma, por la simpleza de su forma, el aspecto matérico y la museografía. En estas piezas las relaciones formales entre estructura, material, forma, escala, color y soporte; subrayan la suficiencia propia de los materiales usados. Zavala otorga a sus piezas una expresión plástica, de ahí que utilice de manera directa los materiales en su evidencia física; las cualidades propias del pelo se convierten en protagonistas de la experiencia estética.

Una de las principales características que definen la escultura de Zavala es el proceso productivo, la consecución formal de una factura impecable y meticulosa, que se muestra como generadora de los conceptos e ideas que dan sustento a la obra. Cada pieza, en tanto proceso, se devela como una actividad reflexiva, experimental y creativa, donde la acción física del artista en la facturación de la pieza resulta definitorio.

En el montaje de sus piezas la belleza del vacío y el silencio cuentan, el artista dispone las esculturas con la intención de integrarlas al espacio físico y resaltar su cualidad de objetos, de tal forma que los materiales elegidos y los procesos de producción materializan ideas concretas sobre la naturaleza de lo artístico y encarnan una propuesta visual de intercambio con el espectador, donde la lectura sensorial toma prioridad sobre la interpretación. El conjunto de las piezas construye una atmósfera que invade y apela más allá de la mirada, al tacto y al tránsito.

La hibridación en la obra de Rodríguez, Montoya y Zavala se da por los dispositivos de cruzamiento, en un sentido de interponerse, de atravesar, de mutar; sus resultados ya no distinguen límites o diferencias, consiste en piezas de concepto que se constituyen en fenómenos complejos de entrecruzamiento. Sus miradas desde perspectivas diversas reformulan las nociones de identidad, reconociendo el carácter múltiple de la experiencia artística en México. Sus obras, además de ser significativas para el arte mexicano, se constituyen como incentivos al campo reflexivo de la escultura. En el conjunto de su producción los materiales orgánicos e inorgánicos, lo visual y lo táctil, el espacio y el tiempo, la escultura y la cerámica, se articulan y confrontan en un registro abierto y expansivo, con lo que se alude a un intenso registro polisémico, tanto de los materiales como de sus posibilidades de interpretación.

 

Especial Híbridos, La revista

About the author

Adriana es Directora de Ventana Latina desde 2010.
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