Cuento: El premio literario, de Sebastian Ocampos

Apr 28, 2015 Comments Off on Cuento: El premio literario, de Sebastian Ocampos by

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El premio literario

Por Sebastian Ocampos
Del libro Espontaneidad (cuentos ilustrados, 160 páginas, 50.000 guaraníes)
Ilustración de Charles Da Ponte

Se le presenta un camino literario para demostrar quién es el auténtico escritor. Hubiera iniciado este relato de otra manera si hubiera tenido tiempo, pero como sólo cuenta con un par de días, estas palabras sirven de antesala a la historia principal, pues necesita aclarar al menos entre sus lectores solidarios que él fue el ganador del premio Espontaneidad del pasado año, no quien lo recibió: el pintor vuelto escritor y mejor artista del año gracias a una obra que no era suya, un cuento escrito para ganar el premio y recibir el dinero que tanto le hacía falta en ese tiempo agobiante de alquileres retrasados, préstamos acumulados y trabajos escasos y mal pagados.

Días previos al cierre del concurso Espontaneidad de 2012, dos amigos casi treintañeros conversan, sentados en el banco de una plaza céntrica de Asunción. La luz de la luna y el neón se funden para iluminar ese espacio citadino de arquitecturas contradictorias. Parafrasean a Rimbaud: No podemos permitirnos el lujo de perder el tiempo ganando dinero. A ninguno le va bien en sus finanzas, aunque ambos sobresalen en sus respectivas áreas artísticas con varios premios. Cuestionan a la sociedad asuncena que no los merece. Hablan de ir a otra parte del mundo, donde reconozcan su talento y les permitan vivir dignamente, facilitándoles un poco la vida para que puedan dar todo de sí mismos en sus obras. Imaginan, evaden sus realidades, se mudan a sus mundos paralelos, sonríen… hasta que la botella vacía de vino les recuerda dónde están y qué son. ¡Por qué seguimos viviendo de esta mísera manera!, se queja el escritor. El pintor no es de lamentarse, pues se ha acostumbrado a vivir casi sin nada durante meses. El escritor agrega: Debemos hacer algo. El pintor lo observa sin inmutarse, y le dice: La verdad es que yo estoy más o menos bien: últimamente vendo mis cuadros. ¡Pero eso nunca alcanza, ni siquiera para el vino nuestro de cada noche! El escritor es de alzar la voz, sobre todo cuando está bebido y una situación lo angustia. ¡Y este año ni siquiera puedo enviar un cuento al concurso Espontaneidad! ¿Por qué? Ya lo gané y no se me permite participar de nuevo. Ah, cierto, lo olvidé, pero hay otros concursos. En los que tampoco reciben mis letras. Lo malo de ganar ciertos concursos literarios es que te prohíben intentar ganarlos dos veces, como si uno necesitara ganar una sola vez el premio. Para vivir humildemente bien, debería ganar todos los concursos de cuentos del país año tras año. ¿Y los internacionales? Este mes empecé a probar suerte, pero aún no hay novedades; y como en esos participan miles de autores de distintos países, no me entusiasmo mucho. Entiendo, dice el pintor viendo a su amigo perder las esperanzas de a poco. Yo estaba pensando justamente en ir detrás del premio Espontaneidad. De hecho, escribí algo, y me gustaría que lo leas y corrijas y me hagas una crítica… leve, por favor. ¿En serio? Sí. ¿Tienes el cuento aquí? Sí, claro. Veámoslo, entonces. Recibe la copia arrugada y doblada en dos partes por haber estado en cautiverio en el bolsillo del pantalón del pintor. Lee el cuento con detenimiento, frunce el ceño de tanto en tanto, pasa de una página a otra, y cuando llega al final levanta la mirada hacia su amigo. Acaba de ocurrírseme una idea. El pintor escucha. Si quieres participar con este cuento, no hay problema. Lo corregiré y podrás presentarlo, aunque… ¿Qué? ¿Qué te parece si yo escribo un cuento y tú lo presentas como tuyo, y luego, cuando haya un concurso de pintura, hacemos lo mismo pero al revés: tú pintarás y yo lo presentaré como mío? El pintor piensa que esa propuesta es la crítica de su obra. ¿Acaso mi cuento no vale la pena? No, no, no se trata de eso, sino de que hagamos lo que sabemos hacer para asegurar los premios. ¿Y si ganamos? Si ganas con mi cuento, me quedaré con el dinero; y cuando yo gane con tu pintura, te quedarás con el dinero. Dime… ¿cuándo habrá un concurso de pintura? El próximo mes. Perfecto. ¿Estás de acuerdo? El pintor muestra una cara de reflexión y una sonrisa se le escapa al rato, mientras ambos se ponen de pie para ir a la bodega más cercana y el escritor se cuestiona: ¿Por qué no pensamos en esto antes? ¿Y si ya se le ocurrió a alguien?, dice el pintor. Ah, cierto, eso es posible.

En esa misma madrugada el escritor llega a su casa y enciende la computadora, abre Word y deja que las palabras fluyan de él sin pausas. El pasado año escribió un cuento sobre la dictadura también a un par de días del cierre del concurso. Ahora vuelve a un tema histórico, sabiendo que sólo con un contenido de esas características podría ganar el primer premio. Gracias a su madre, cuenta con un glosario de anécdotas dispuestas a transformarse en obras literarias. Escribe. Cambia de estilo. Recurre a los diálogos de sus inicios en las letras. Sus ideas se encuentran entre sí y de a poco forman párrafos, uno tras otro, hasta convertirse en un todo con un final bosquejado desde el inicio para los lectores avispados. Descansa un instante. Cierra los párpados. Luego mira otras cosas y, antes de dormir, vuelve a leer el escrito para pulir sus asperezas. Al culminar, se rinde ante Morfeo, dejándose soñar tranquilo como en pocas ocasiones durante las últimas semanas, pues sabe que apenas despierte, imprimirá el cuento —volviéndole a echar una última mirada— y se lo dará a su amigo.

El pintor entrega el cuento. Pasa un mes. El escritor entrega el cuadro. Ambos confían en sus obras y piensan que todo va tal y como lo planificaron, hasta que una cuestión aún no aclarada les borra la sonrisa de sus rostros. ¿Y qué va a pasar si en verdad ganamos?, pregunta el pintor. Es que de seguro vamos a atraer las miradas de duda hacia nosotros. Incluso la gente podría pensar que hicimos lo que hicimos. Pensé en eso, y no me preocupa. Tú tienes cuentos escritos y yo tengo cuadros pintados. Y nuestras obras presentadas no tienen nuestros estilos. A mí me preocupa —continúa el escritor— que sólo uno de nosotros gane y semejante novedad de que un pintor gane un concurso de cuentos o un escritor gane un concurso de pintura se vuelva muy notoria. Tenés razón. También pensé eso. El silencio se impone entre ambos. Hagamos esto —propone el escritor—: suceda lo que suceda, primero debemos consultar con el otro y llegar a un acuerdo de beneficio mutuo. ¿Te parece bien? El pintor afirma con la cabeza y agrega: ¿Y para qué nos preocupamos tanto, si al fin y al cabo acá nunca se le da importancia a esto? Cuántos premios ya ganamos y nadie hizo gran cosa por nosotros. El escritor concuerda: Es cierto, aunque es necesario dejar las cosas claras de antemano.

Los concursos de pintura se definen en poco tiempo. El cuadro presentado ni siquiera recibe una mención de honor. Los concursos de cuentos se toman sus meses. Suena la llamada aguardada y temida a la vez. Ambos festejan. Sólo a sus amigos llama la atención que el pintor haya ganado el concurso de cuentos. Llega el día de la premiación. No hay sospechas de ningún tipo. El pintor, apenas puede, endosa el cheque y se lo entrega al escritor, quien observa contento las siete cifras que lo librarán de varios acreedores durante un par de meses. Respira. Todo ha salido perfecto.

La vida sigue su curso inexorable. Uno de esos días, el pintor llama al escritor. Debo hablarte de algo. ¿Sí? Acaban de llamarme de un programa de televisión: quieren hacerme una entrevista por haber ganado el premio… ¡Qué! Yo gané el mismo premio el año pasado y nadie me entrevistó jamás, ¿y ahora quieren entrevistarte a ti? Sí, porque soy un pintor que ganó un concurso de cuentos. Eso les parece llamativo. El tema es que… necesito esa entrevista para que se me conozca más y mis cuadros se vendan mejor. Por eso te hablo. Te prometo que no voy a hablar del cuento ni de ese concurso; sólo voy a hablar de mis pinturas. El escritor escucha y calla. ¿Estás ahí? No responde. ¿Estás? Sí… No tengo problemas si haces lo que prometes. Se realiza la entrevista. Si bien el pintor cumple su palabra, los periodistas hablan del premio e incluso leen el cuento, afirmando que es una obra magistral, una obra que toda persona debe leer por su intrahistoria. El escritor enloquece frente al televisor. Nunca imaginó que pudiese haber semejante difusión de un cuento en este país acaparado por los medios de banalización. La noticia se expande a otros medios que repiten, como es habitual, casi las mismas palabras del programa televisivo. El pintor se disculpa. El escritor piensa en cómo detener esa bola de nieve mediática. Revelar la verdad no es una opción. No voy a hablar más de eso, promete el pintor, y el escritor confía en él, aún sin saber lo que sucederá un mes después: el pintor es electo artista del año. El escritor piensa que su existencia se ha vuelto una literatura del absurdo que, como El proceso, no termina, no puede terminar… No te preocupes, no aceptaré el premio, lo tranquiliza el pintor. El escritor, de nuevo apretado por sus acreedores y sabiendo que su amigo en realidad merece eso y más, le pide que lo acepte. Y el pintor se queda con una estatuilla que lleva su nombre.

Tras ese inesperado fin de año, la relación entre los amigos cambia: ya no comparten vino durante las noches, sólo conversan de vez en cuando y se reúnen con distintos amigos, pues ambos comprenden la postura del otro y la situación entre los dos y se permiten la distancia geográfica y temporal.

La Tierra gira y gira alrededor del sol hasta que llega un nuevo julio. El escritor busca las bases y condiciones de la nueva edición del premio Espontaneidad. Las lee de puro curioso y ve un cambio. Relee. Puede presentarse otra vez. No ha vuelto a escribir desde el último suceso. Y sólo falta un par de días para el cierre de este concurso. Está sentado frente a la computadora. Es de madrugada. Los mosquitos le aguijonean y él se defiende con manotazos, autoflagelándose. Abre Word. Escribe: Se le presenta un camino literario para demostrar quién es el auténtico escritor… Termina el cuento durante la aurora y sin cambiar una sola coma lo prepara para enviarlo más tarde.

Uno de los jurados llama al autor del cuento antes de la publicación oficial de los ganadores. No voy a dar vuelta al asunto: tu cuento merece el primer premio. El fallo de los tres jurados es unánime. El único problema es lo que cuentas. Averiguamos y supimos que la historia es cierta… ¡Qué! Mi cuento es ficción, no una confesión, se apresura en defenderse el autor. No te preocupes; no es una acusación. Te llamo para saber cómo lo supiste. ¿Saber qué? Que los ganadores de las primeras dos ediciones de este premio son amigos y que, al parecer, hicieron exactamente lo que relatas en tu cuento. Pero yo no los conozco. ¿Cómo que no los conoces? No los conozco. ¿Y cómo se te ocurrió escribir sobre eso? Y se me ocurrió en la misma noche que lo escribí. El jurado emite un sonido de incredulidad y hace una pausa. Entonces… —continúa tras un breve momento incómodo— sólo me queda felicitarte. ¡Felicidades! Gracias. Nos veremos en la premiación. Sí, gracias. Al cortar, contento y aún más o menos atónito, el escritor llama a su amigo pintor y le cuenta que volvió a ganar el premio Espontaneidad con un cuento sobre lo que habían bromeado el pasado año, un cuento que, según uno de los jurados, en verdad sucedió.

 

Retrato del autor pintado por el artista plástico paraguayo Juan de Dios Valdez

SOBRE EL AUTOR

Nace durante la siesta caliente del 20 de enero de 1984, justo cuando el excepcional Fellini y el multifacético Lynch festejan sus 64 y 38 años, respectivamente. Cursa los exiguos estudios primarios en la Escuela San Pío X —papa al que los historiadores juzgan con unanimidad un verdadero desastre—, los secundarios en el Colegio Nacional de la Capital —alguna vez considerado el alma máter del Paraguay— y los terciarios en la Facultad de Administración de la fábrica de títulos, conocida vulgar e intelectualmente como Universidad Nacional de Asunción. Empieza a garabatear poemicidios y otras barbaridades antes de sus 15 veranos. En 2003 publica, en carácter de compilador precoz, el libro Revolución cooperativa en Paraguay y funda con otros jóvenes el taller literario Salón de Lectura, dirigido por la escritora Maybell Lebron. Varios de sus cuentos y un comentario sobre cine cuentan con inmensurable suerte y son premiados en algunos concursos literarios e incluso traducidos y publicados en antologías, revistas y periódicos nacionales e internacionales. Administra, edita y redacta la revista Acción Cooperativa desde enero de 2006 hasta enero de 2009. En septiembre de 2008 edita el libro Propuestas programáticas de soluciones a problemas nacionales del Instituto de Estudios Tesis Nacional, dirigido por Ricardo Franco Lanceta (1924-2013). Entre agosto de 2008 y mayo de 2012 administra Atycom Ltda., cooperativa responsable de la publicación del periódico E’a, en el que colabora. A finales de 2008 funda la empresa cultural Statio, que dirige y administra hasta diciembre de 2012. Desde 2013 dirige y coordina el Taller de Escritura Semiomnisciente, y desde fines del mismo año dirige y edita la revistaY.com. A mediados de 2015, presentará la edición argentina de Espontaneidad, con los sellos de Editorial Y y Punto de Encuentro. 

 

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